España: no es fácil irse, pero tampoco quedarse

Opina — By on diciembre 11, 2011 at %H:%M 07Sun, 11 Dec 2011 19:30:36 +000036.

No resulta fácil irse. Pero tampoco quedarse. Pienso, tras leer un buen artículo de El País sobre la nueva hornada de emigración española. Muy cualificada, harta de la precariedad, de la búsqueda imposible de un empleo en condiciones.

Yo he optado por quedarme. Y no es fácil. Ya me fui una vez de Canarias, a los 18 años. Y me volví a ir, fuera de España, hace trece años, uno después de acabar la carrera.  Estados Unidos fue el destino, a trabajar de profesora y estudiar una maestría. Pero lo hice por otras cuestiones: personales, no profesionales. Y descubrí, sin buscarlo, en qué consiste que reconozcan tu valía. Porque hay sitios del planeta en que los méritos de una persona pesan mucho más que los apellidos, los contactos, los enchufes.

España no es uno de ellos y es algo que llevo con pesar y frustración. Algunos días me invade la rabia y me pregunto por qué sigo aquí, porque no emigro a otro país donde la sociedad castigue la corrupción, donde se valore e incentive a quien emprende, donde la valía sea el criterio personal más destacado. No hay día en que los diarios españoles no lleven algún caso nuevo de corrupción, de malversación, de despilfarro público. Sin que ocurra nada, salvo los chascarrillos indignados de una parte de la población en los cafés y en las redes sociales. No hay día en que no te enteres de un nuevo chanchullo a pequeña escala.  De halcones contratados para volar en aeropuertos sin aviones. Sin que nada pase. Los Bigotes, Correas, Camps siguen aquí. Y el futuro de este país intenta adivinar cómo vivir con dignidad.

Y pienso, ¿por qué sigo aquí?

Y me digo. ¿Por qué no son ellos y ellas los que se van? Los corruptos, los enchufados, los mediocres. Toda esa gente que supone una losa para el futuro de este país. Los esquilmadores de nuestros recursos, los que taponan la creatividad y el avance. Siempre han estado ahí, siglo tras siglo. Hemos sido los otros quienes hemos tenido que hacer las maletas y buscar mejor suerte, si no queríamos formar parte de su círculo. O quedarnos, tratar de adaptarnos, apretar bien los dientes y evitar que la porquería que nos rodea nos salpique.

Nunca España ha tenido un nivel de formación tan amplia como ahora. Y seguimos igual. Nos toca hacer de nuevo las maletas, como hicieron los hermanos de mis abuelos, que se fueron a Cuba, sin saber apenas escribir. El techo de cristal sostenido por los mediocres y corruptos sigue siendo nuestro cáncer colectivo. No nos engañemos: el paro no es el principal problema de los españoles y españolas. Es la corrupción. El paro es una consecuencia más, pero el origen del problema es más profundo. Y de difícil solución.

Pero no tiro la toalla. Este es mi país también. Y no pierdo la esperanza de que algún día evolucionemos. Y que los corruptos y ladrones en vez de salir en programas de máxima audiencia o firmar libros con sus anécdotas sean señalados con vergüenza. Y que los gestores de lo público paguen muy caro el despilfarro y el tráfico de influencias. Y que el talento consiga espacio para triunfar y abrir el camino a esos miles de españoles brillantes para que consigan, por fin, iluminar nuestra senda colectiva. Porque si pudiéramos demostrar todo lo que valemos, estaríamos navegando sin burbujas, llevando a este país muy lejos. Porque valemos mucho, aunque no podamos demostrarlo. Y quiero que podamos demostrarlo algún día.

Por eso no me he ido. Espero tener fuerzas para aguantar. Porque no es fácil irse. Pero tampoco quedarse.

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